De la huerta a la biofábrica: mujeres que innovan en el Corredor Seco

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En el Día Mundial del Medio Ambiente, la experiencia de Doris Ramos muestra cómo la agricultura agroecológica, el ahorro comunitario y la organización de mujeres rurales pueden generar alimentos, ingresos y nuevas inversiones en territorios afectados por el cambio climático.

El grupo de mujeres caminan juntas hacia el huerto comunitario que trabajan en conjunto. Las mujeres recibieron capacitaciones y apoyo para instalar réplicas de huertos en sus casas y se organizaron en grupos de ahorro con el apoyo del programa MELYT de ONU MUJERES con fondos de la Cooperación Italiana en el Caserío El Llano, Cantón Belén Güijat, municipio de Metapán, El Salvador. 

En el Corredor Seco Centroamericano, producir alimentos exige adaptarse a condiciones cada vez más difíciles. La variabilidad de las lluvias, la degradación del suelo, la escasez de agua y el aumento de los costos de los alimentos hacen que la agricultura familiar necesite nuevas respuestas. En la región Trifinio, donde gran parte de la población vive en zonas rurales y depende de actividades agrícolas, estas condiciones afectan de manera directa la alimentación, los ingresos y las oportunidades de las familias.

En ese contexto, la agricultura agroecológica se ha convertido en una alternativa para producir de forma más sostenible, cuidar el suelo y aprovechar mejor los recursos disponibles. No se trata solo de sembrar hortalizas. Se trata de recuperar la fertilidad de la tierra, reducir la dependencia de insumos químicos, diversificar la alimentación familiar y abrir nuevas posibilidades económicas para las mujeres rurales.

Doris Maribel Ramos de Martínez lo explica desde su propia experiencia. En su comunidad, en Metapán, las mujeres han pasado de cultivar una huerta comunitaria a replicar huertos familiares y producir sus propios insumos agroecológicos. Lo que empezó como una práctica para mejorar la alimentación se ha convertido también en una oportunidad para generar ingresos y fortalecer la organización comunitaria.

“Antes solo comíamos arroz, frijoles, queso y crema, y ahora ya le agregamos lechuga, rábano, pepino”, cuenta Doris. “Ya podemos decir que tenemos una alimentación más saludable, más nutritiva”.

Detalle del cilantro cultivado de manera agroecológica donde antes solo se hacía agricultura tradicional en suelos degradados.

Agricultura que responde al territorio

La experiencia de Doris parte de una realidad concreta: en muchas comunidades rurales, el acceso a alimentos frescos no siempre es fácil ni estable. Cuando las verduras escasean o suben de precio, contar con una huerta cerca de casa puede marcar una diferencia en la alimentación diaria.

En la huerta comunitaria trabajan 13 mujeres. Allí cultivan cilantro, rábano, hierbabuena, lechuga, cebollín, tomate, chile verde y otras hortalizas. Después, cada una ha ido replicando lo aprendido en su propio espacio familiar, con parcelas adaptadas al terreno y al agua disponible.

Este proceso se ha desarrollado en coordinación con la Comisión Trinacional del Plan Trifinio, organismo regional que promueve la gestión ambiental y territorial para mejorar las condiciones de vida de las comunidades fronterizas de El Salvador, Guatemala y HondurasEn ese marco, la articulación con el Instituto Italo-Latinoamericano (IILA) permitió vincular a lideresas de la Red HOSAGUA, ya organizadas en sus comunidades, con iniciativas de producción agroecológica adaptadas a las condiciones del territorio.

 

Reunión de Grupo de Ahorro de Mujeres “Banquito Nuestra Huerta” que han recibido capacitaciones sobre finanzas de parte del proyecto MELYT y también apoyo para crear huertos caseros replicando una experiencia exitosa de Huerto Comunitario.

 

Ese proceso permite que el conocimiento no se quede en una parcela demostrativa. Se multiplica en las casas, en las familias y en la comunidad. La producción sirve para el autoconsumo, pero también para vender excedentes, ahorrar una parte de las ganancias y reinvertir.

Doris destaca que las hortalizas se producen con prácticas agroecológicas. Aunque no cuentan con certificación orgánica, explica que no utilizan químicos y que los insumos que aplican se elaboran a partir de materiales como estiércol, microorganismos de montaña y otros componentes que ayudan a mejorar el suelo.

“Lo mejor de todo esto es el conocimiento que cada una de nosotras está adquiriendo”, dice. “Tenemos un producto sano, libre de químico”.

 

Organizadas para la seguridad alimentaria, muestran el producto de su esfuerzo conjunto en un huerto comunitario que trabajan juntas. De ahí sacan para vender hortalizas de alto valor en el mercado. 

 

Del alimento al ingreso

El cambio en la producción también ha cambiado la mesa familiar. Doris cuenta que ahora su familia consume con más frecuencia verduras frescas y que los ingresos adicionales permiten variar la alimentación.

“Ahora ya comemos diferente, porque también hay un ingreso extra que nosotros podemos contribuir con la familia”, expresa. “Ya nos alcanza para comprar pollo, para hacer variable nuestro alimento”.

Esta relación entre producción, ingresos y alimentación es clave. La huerta no solo mejora el acceso a alimentos frescos. También permite que las mujeres generen recursos propios, aunque sean pequeños, y tomen decisiones sobre el uso de ese dinero.

 

Karen Yaneth Arita, de 27 años, y sus hijas Sara Magaly Leiva, de 12 años y Estefany Nahomy Leiva de 7 años muestran orgullosas su huerto recién plantado en su hogar en el Caserío El Llano, Cantón Belén Güijat, municipio de Metapán.

 

En el caso de Doris y sus compañeras, parte de las ganancias de las hortalizas se integra al grupo de ahorro. Ese ahorro comunitario permite prestar dinero dentro del mismo grupo, responder a necesidades familiares o apoyar nuevas inversiones productivas.

La agricultura agroecológica se convierte así en una puerta de entrada a un proceso más amplio: producir, vender, ahorrar, decidir y volver a invertir.

La biofábrica: un salto en la cadena de valor agroecológica

Uno de los elementos más interesantes de esta historia es la Biofábrica San Andrés El Llano, donde Doris produce abono orgánico e insumos agroecológicos. La biofábrica no es una inversión directa del programa MELYT, pero muestra uno de los efectos del fortalecimiento organizativo impulsado en el territorio: cuando las mujeres están organizadas, capacitadas y vinculadas a redes, pueden atraer nuevas inversiones y articular otros apoyos.

 

Doris Ramos muestra un producto de abono orgánico a base de organismo de montaña que produce en su biofábrica, un emprendimiento que logró trabajando con otras organizaciones que han llegado a la comunidad y que debido al nivel de organización del grupo de mujeres han dado capital semilla para este tipo de emprendimientos.

 

Doris cuenta que la biofábrica nació a partir de capital semilla y del acompañamiento de otras organizaciones. Allí elaboran abono tipo bocashi y productos a base de microorganismos de montaña. Esos insumos se utilizan en las huertas y permiten mejorar la producción sin depender únicamente de insumos externos.

“Ahí nosotros hacemos abono tipo Bokashi, ya tenemos nuestra marca prácticamente familiar, le hemos puesto Biofábrica San Andrés del Llano”, explica Doris. “Aquí hacemos insumos agroecológicos, entonces esto se replica en las huertas”.

La biofábrica representa un salto importante. Ya no se trata solo de producir hortalizas para comer o vender. Ahora las mujeres participan también en la producción de los insumos que hacen posible esa agricultura. Eso abre una oportunidad económica distinta: convertir el conocimiento agroecológico en un servicio, en un producto y en una posible línea de negocio para la comunidad.

Karen Yaneth Arita muestra el lugar donde funciona la bomba de agua que permite irrigar el huerto comunitario 

 

Organización que atrae oportunidades

Doris insiste en que nada de esto se sostiene de manera individual. La Red HOSAGUA, los grupos de ahorro, las capacitaciones y las alianzas con distintas instituciones han sido parte del proceso. En 2024, ONU Mujeres renovó el memorándum de entendimiento con el Instituto Italo-Latinoamericano (IILA), y en ese marco se fortaleció la vinculación de lideresas de la Red HOSAGUA apoyadas por MELYT con procesos de producción agroecológica impulsados por el proyecto Trifinio-IN de IILA. Esa base organizativa ha facilitado que otros actores encuentren en la comunidad un grupo preparado para recibir nuevas inversiones, sostenerlas y convertirlas en oportunidades para el territorio.

“Sabemos que al estar organizada podemos obtener más beneficios, traer donantes, traer otras personas que quieran invertir”, explica Doris.

La frase resume una idea central del modelo: el fortalecimiento organizativo no es solo acompañamiento comunitario. Es una condición para que las mujeres puedan participar en proyectos más complejos, acceder a recursos, administrar inversiones, dialogar con instituciones y sostener iniciativas que respondan a las necesidades de su territorio.

Roxana Castillo, 41 años, carga una lechuga recién lavada y listas para la venta 

 

En la práctica, eso significa que una huerta comunitaria puede convertirse en réplicas familiares; que los excedentes pueden alimentar un grupo de ahorro; que el grupo de ahorro puede fortalecer la confianza; y que esa confianza puede facilitar nuevas inversiones, como la biofábrica, maquinaria, producción de plantines o futuros centros de acopio.

Mujeres rurales como innovadoras del territorio

La experiencia de Doris permite mirar la innovación desde otro lugar. Innovar no siempre significa incorporar una tecnología lejana o compleja. En territorios rurales afectados por el cambio climático, innovar también puede ser producir abonos propios, usar microorganismos de montaña, recuperar suelo, sembrar hortalizas donde antes no se producían, organizar un punto de venta y convertir una práctica comunitaria en una oportunidad económica.

Doris cuenta que en la comunidad muchas personas pensaban que algunas hortalizas no podían darse sin químicos. Ahora han logrado producir tomate, chile dulce, chile jalapeño, pepino y otras hortalizas con prácticas agroecológicas. También han recibido visitas de otras comunidades interesadas en conocer la experiencia.

La experiencia también muestra el valor de las alianzas territoriales: MELYT fortalece la organización de las mujeres; la Red HOSAGUA articula liderazgos comunitarios; el Plan Trifinio conecta la agenda ambiental y de desarrollo local en un territorio transfronterizo; e IILA contribuye a ampliar oportunidades para que la producción agroecológica pueda escalar. En el Corredor Seco, las mujeres rurales están demostrando que la organización puede convertirse en alimento, ingreso e innovación para el territorio.

La experiencia de Doris Ramos muestra cómo el programa MELYT, financiado por el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación Internacional de Italia a través de la Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo, promueve procesos que van más allá de una capacitación puntual. Al fortalecer la organización, el ahorro comunitario y las capacidades de las mujeres rurales, contribuye a crear condiciones para que otros actores inviertan, para que las comunidades produzcan de forma más sostenible y para que las mujeres lideren soluciones adaptadas a los desafíos del cambio climático.